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May 25, 2015

Un Avión

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Todo se jodió cuando alguien dijo por primera vez los que se han tenido que marchar. Cuando los que se quedaron empezaron a pensar que los que se habían ido a trabajar, a estudiar, fuera eran unos pobres héroes anónimos expulsados del paraíso ibérico por las maldades de ese monstruo de dos caras que es el mercado y la política. Cuando los de dentro lo proclamaron y los que estaban fuera se lo creyeron.
El españolito joven o no tan joven con una carrera o varias, que habla inglés y decide hacer las maletas para trabajar en el extranjero porque aquí no encuentra nada de lo suyo no es un héroe, es un fracasado. Un chaval que con todas las facilidades materiales que este siglo pone el estado en sus manos para acabar cualquier carrera que le plazca no tiene nadie que le contrate tras meses enviando currículums no es una víctima de la sociedad capitalista sino una persona libre que ha desaprovechado demasiadas veces la oportunidad de tomar la decisión correcta.
La libertad era esto, amigo mío. Y no tiene ningún mérito ni ninguna épica que ahora decidas tomar un avión a Zurich si me echas a mí la culpa del tener que hacerlo.
Dejé España hace 16 años acojonado, indocumentado y virgen, pero porque quise. Y como yo, lo hicieron tantos y tantos otros españoles a los que insultáis cada vez que habláis de la fuga de cerebros o de los exiliados. Insulto extensible a los que siendo igual de buenos e incluso mejores se quedaron y triunfaron.
Irse fuera es una experiencia maravillosa y difícil que al principio asusta, luego enseña, después curte y acaba enganchando. Vivir en un país distinto al propio te hace conocer tus límites con más objetividad y, si tienes suerte para deshacerte de ciertos prejuicios, te enseña ver con más claridad los de tu país. Nunca soy tan español como cuando estoy fuera de España. No la echo de menos, no me emociona suspiros de España ni tengo morriña por lo que dejé allí. Pero he estado ya en suficientes sitios como para aprender que donde hay un ciudadano del mundo hay un gilipollas y que el más cosmopolita de los expatriados hace el peor de los ridículos cuando intenta atenuar o disimular sus orígenes. Las grandes metrópolis del planeta están hechas de inmigrantes y no serían lo que son si al llegar cada cual hubiese renegado de sus raíces y su cultura.
Pero me desvío. Yo quería escribir de los que se han tenido que marchar y de cuánto me cabreo cada vez que oigo la frase. La perorata del que nunca ha salido de Móstoles explicando a su audiencia la heroicidad que hay en ésos que tuvieron que hacer las maletas. La cháchara del político que promete hacer todo lo posible por permitir mi vuelta, por meterme en un avión al aeropuerto donde mis compatriotas me recibirán con los brazos abiertos, como un héroe, orgullosos de mí y orgullosos de ellos mismos por haber al fin logrado construir una España digna de mi carrera y de mis aptitudes profesionales. Un sitio donde por fin podré firmar un contrato indefinido, una hipoteca y un abono al Plus.
A mí dejadme tranquilo.
La inmensa mayoría de los que nos ganamos la vida en el extranjero podríamos igualmente ganárnosla en nuestro país. Lo cual no siempre es cierto al revés. El paro es un enorme problema, pero un problema que afecta a los que no tuvieron la suerte que tuve yo, con una familia que no reñía al profesor cuando me suspendía y que me obligaba a aprender inglés antes de saber derivar. El paro no es un problema, o casi nunca lo es, para los que tuvimos la suerte de no oír los cantos de sirena del dinero fácil con 16 años, las licenciaturas vocacionales con 25 ni los doctorados regalados con 32. Podría haber triunfado o fracasado igual en Barcelona que en Ginebra y si decidí quedarme fuera era porque vivir en otro país es mucho mejor que en el propio, seas del país que seas. Con crisis o sin ella.
Si piensas que el motivo por el que estás subiendo al avión es que España no te merece y que otros países sí te valorarán como es debido, si te crees una víctima, mejor no te subas. En tu destino tu suerte seguirá siendo la misma. Solo que esta vez la hostia te la darán en un sitio donde seguramente hace más frío y llueve más.
Una vez decidí volver a España. Llevaba siete años en Suiza, estaba enamorado y a esa edad todavía pensaba que la juventud terminaba antes de lo que termina en realidad. Duré siete meses. Decidí volver a emigrar, aún enamorado, por dos razones, una mala y otra buena. La primera era que ya no reconocía a la Barcelona que había dejado más de un lustro atrás. Era la época de las peleas por el nuevo estatuto, la época en que el nacionalismo se quitó definitivamente la careta, la época en que los catalanes no catalanistas perdimos la inocencia para descubrir que en Cataluña ya éramos ciudadanos de segunda. Los posts más tristes y oscuros de este blog, ésos de los que menos orgulloso me siento, los que nunca releo, aunque no por ello me arrepienta de haberlos escrito, hablan de esos meses. Fueron también los días en que vimos nacer a Ciudadanos, qué imposible parecía entonces lo que vivimos ayer! Los meses en que dejé de ser culé para siempre. Los meses en que, en cierta manera y aunque me doliese entonces y aún me duela ahora, empecé a dejar de ser catalán.
Pero hubo también un motivo alegre por el que decidí irme, más íntimo y egocéntrico: echaba de menos ser extranjero, sentirme diferente, ser el exótico en una ciudad de indígenas. Extrañaba lo que solamente los que han vivido varios años en otro país entenderán: la sensación de estar en una comunidad sin pertenecer a ella. Con las ventajas e inconvenientes que conlleva, el poder pasar de puntillas sobre los asuntos del país que te acoge, problemas como sus elecciones, sus competiciones deportivas, sus asuntos públicos del día a día. Como el invitado en una fiesta que conoce lo suficiente al anfitrión para no sentirse fuera de lugar, pero no tanto como para tener que quedarse al final para ayudarle a fregar. Momentos difíciles cuando alguien te grita en una lengua que no entiendes, pero a los que compensan mil veces los otros en que alguien te susurra al oído cosas que comprendes aún menos pero maldita la falta que hace.
No nos tengáis pena, pero sobretodo, no te tengas pena. Tú, que estás a punto de subir a ese avión. Da las gracias porque naciste en un país que te dio un pasaporte con el que puedes irte a prácticamente cualquier lugar del mundo, porque eres libre de intentarlo, porque alguien (quizá tú mismo) te pagó el billete que tienes en la mano y porque la vida, cuando de poner distancia de por medio se trata, siempre es maravillosa, aunque muchas veces no lo parecerá, aunque los primeros días, lo sé muy bien, solo desearás volver y los primeros meses te preguntarás varias veces qué cojones haces en Shanghai con lo mal que se come y el frío que hace en enero. No te arrugues, no te des pena, y sobretodo no dejes que nadie sienta pena por ti. Mucho menos que ese alguien intente traerte de vuelta con la tribu, donde hace calor y hay comida decente. Eres un privilegiado, estás dando el primer paso y algún día, quizá mucho antes de lo que crees, te despertarás mientras alguien te susurra al oído cosas en una lengua que no entiendes pero que ya consideras tan propia como la tuya.
Y quizá ése sea el momento de volver a subirte a un avión.

Posted by antonio at 07:55 PM | Comments (0)