« La Chinita | Main | Un Avión »

April 10, 2015

Un Desconocido

Habría sido demasiado masculino para mi gusto si no fuese por sus ojos.
Me había abierto la puerta del pequeño restaurante desde dentro antes de que yo llegase a tocarla, como si me estuviese esperando. Casi sin decir palabra, me había acompañado a una de las pocas mesas libres, al lado de la ventana que daba al castillo en ruinas y ahora yo podía sentir su mirada clavada en mi nuca, sin atreverme a girarme.
Una absurda norma que prohibía fotografiar los símbolos, entre jeroglíficos y masónicos, inscritos en algunos de los muros del castillo, me había hecho dejar Londres esa mañana para pasar aquel día de verano en la pequeña y campestre ciudad de Christchurch. No me apetecía nada al principio, pero me negaba a usar las malas reproducciones oficiales que había encontrado en la página web de la modesta oficina turística del condado, y un amigo del trabajo, que desde mi divorcio llevaba tiempo demasiado interesado por mí y mis aptitudes, profesionales o no, me había recomendado que por una vez usase mis más que aceptables dotes como dibujante y diese un toque artesanal a mi tesis doctoral, incorporando las misteriosas figuras dibujadas por mí misma.
Tras pagar las diez libras de la entrada y dejar mi viejo Nokia en la consigna, había pasado cerca de dos horas plasmando unas veinte figuras en mi libreta. Obviamente no eran ésos los dibujos finales que incorporaría a la memoria, pero serían más que suficiente una vez pasados a limpio en mi tranquila buhardilla en el Soho.
Tranquila. Ése era el adjetivo que menos reflejaba mi estado mientras comía la ensalada que unos minutos antes había pedido al otro camarero del local. Se había movido un poco y ahora podía verlo de reojo. Era tan exageradamente guapo que no sólo desentonaba con el provinciano local sino que parecía que lo habían traído de otra época. No dejaba de mirarme y yo, aunque jamás me había sentido tan incómoda, tan intimidada, no quería que dejase de hacerlo. Casi imperceptiblemente, empecé a temblar. No me atrevía a girarme y solo adivinaba su cara tranquila con una media sonrisa tímida en sus labios. Media sonrisa que yo en ese momento habría matado por ver en sus mil formas distintas: riendo abiertamente, gritando, pensativo, relajado, estresado, abriendo los ojos a mi lado con esa mirada segura que tienen los hombres inteligentes cuando se despiertan al lado de una mujer que les gusta.
No pude comer más, pedí la cuenta y, aún con un pequeño temblor en mi pecho y mis hombros que, gracias a Dios, estaba segura yo solo percibía, cogí mi libreta y mi bolso y me levanté para irme.
De nuevo no llegué a tocar el pomo de la puerta. De nuevo él estaba ahí, por fuera esta vez, esperándome para abrirla. Me dijo algo, imagino que despidiéndome, yo respondí lo que pude y, mientras su mano izquierda dejaba ir la puerta, me dio la derecha y me dijo su nombre.
No me había equivocado. Por la manera en que los otros camareros le trataban, había adivinado que era el dueño del restaurante y en estas pequeñas ciudades de la campiña inglesa, estos establecimientos acostumbran a ser la extensión de la casa del propietario. Casas pequeñas de dos plantas con pasillos estrechos como en el que por fin se había decidido a besarme. Pasillos que acaban en escaleras que acostumbran a conducir a diminutas habitaciones donde la cama se puede hacer demasiado pequeña para chicas que, como yo, llevan meses sin rodear con las piernas a un hombre.
Se dio cuenta desde el inicio de que tenía que ir con cuidado y no dejó de estar en tensión y atento a mis reacciones hasta que yo dejé de gritar, de arañarle y de morderle. Sus ojos aún miraban al techo mientras yo acariciaba, como sin querer, su hombro derecho, cuando caí en la cuenta. Casi avergonzándome de mi candidez y temiendo que él me viese como una primeriza, empecé a bajar mi mano izquierda acercándola a su vientre, mientras la derecha ascendía por su muslo. Antes de que llegase a su destino, él agarró mi mano, y con la misma sutileza con que la había cogido en la puerta del restaurante, se la llevó a los labios y la besó mientras me decía que sus empleados estarían esperándole para cerrar, que tenía que irse, pero que volvería pronto y yo podía quedarme y esperarle.
Se incorporó, me besó en el vientre, los pechos, la boca y se fue.
No le esperé, me vestí, cogí mis cosas y sintiéndole aún dentro de mí me fui hacia la estación, hacia Londres, hacia mi apartamento, hacia mi pequeña cama donde, sola esta vez, volvería a hacer el amor con él muchas veces más.
Como en la canción de Sabina, al verano siguiente volví y tras media hora en la calle acumulando valor, me acerqué a la puerta. Esta vez tuve que tirar yo de ella para poder entrar. Una diminuta anciana me contó que hacía unos meses el antiguo propietario había vendido el local a su hijo y lo único que sabía del dueño anterior es que se había mudado a Canarias. La mezcla de alivio y decepción sólo fue comparable a la de deseo y miedo que había sentido un año antes cuando, mientras me quitaba el jersey, me había dicho que quería despertarse a mi lado.
Nunca me desperté con él, y la historia la tenía casi olvidada hasta que hoy la he recordado mientras ese chico del trabajo, que por fin se ha dado por vencido y aceptado que yo soy mucho mejor amiga que novia, me contaba una historia similar sobre una modelo rubia de Tokio a la que no le importa dormirse a su lado pero que tampoco quiere despertarse con él.

Posted by antonio at April 10, 2015 09:56 PM

Comments