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March 15, 2015

La Chinita

Su madre le había dicho que no a algo en la cafetería de la enorme estación de tren en una perdida y gris ciudad china. La niña tendría unos seis o siete años y lloraba de esa manera que solo he visto llorar a los niños asiáticos. De pie, estirada, con los pies muy jutos, las manos agarradas frente a su cuerpecillo y casi sin hacer ruido. Sería el cansancio tras dos semanas recorriendo Corea y China, o sería la soledad que solo los que se han visto a dos continentes de distancia de cualquier persona querida conocen, pero la imagen me impresionó.
China es un país duro. La gente en las ciudades es maleducada y ruda, el aire es irrespirable, los negocios se hacen a cara de perro, el tráfico es criminal, como cliente solo tienes derecho a gritar más alto que el vendedor o el camarero al que le importa una leche que vuelvas o no. No es desprecio por el extrajero, entre ellos se tratan aún peor. Es una sociedad egoísta, rápida, estresante y honesta. Una honestidad tan real que hace añorar la falsa modestia y agradable hipocresía con la que a uno le tratan en Japón y Corea.
Pese al lujo y orgulloso consumismo de Shanghai, puedes sentir la presencia del Partido mires donde mires, en la calle, en los bares, en el lento y censurado internet (hace un año había Google y porno, cuatro meses atrás desapareció Google, ahora ya no hay ni porno).
Una semana en China, sobretodo si se sale las occidentalizadas metrópolis, envejece lo que un año en Europa.
Por eso me conmovió esa chinita. Ya había acabado todas las reuniones y me disponía a coger el tren que me llevaría 300 kilómetros por hora de vuelta a Shanghai. Solo una noche más de bares en el French Concession y estaría de vuelta a casa. Y de golpe la vi ahí llorando.
La ternura es el más peligroso de los sentimientos, porque te ataca sin avisar y te hace hacer y decir cosas de las que luego te arrepientes. La niña lloraba mientras la madre le daba la espalda y yo me quedé con el bocadillo a medio camino de mi boca mientra la miraba. Ese llanto era puro chantaje, obviamente, pero como en todo niño que llora había también algo de desilusión. De promesas incumplidas y de frustración.
Me recordó a la niña que hace años amé y que una noche en que por mi culpa no podía dormir me gritó que quería que todo desapareciese y solo quedase ella frente al mar comiéndose un helado.
Me la imaginé en unos diez o quince años, cuando ya no tendrá derecho a llorar en público y deberá enfrentarse a una sociedad que con demasiada frecuencia hace llorar a sus mujeres.
A punto estuve de levantarme a darle un abrazo y comprarle lo que su madre le había negado. Lógicamente me quedé quieto, acabé de comer y pensé que quizá no, que quizá China empezaba a cambiar pronto, y que ella crecería encontrando a alguien que cuidaría de ella y nunca le dejaría volver a llorar, o mejor aún, que se volvía una mujer guapa, fuerte e independiente que no necesitaría llorar para que nadie le comprase pasteles en una cafetería de estaciones de tren, porque podría ella comprarse todos los que quisiese en cualquier lugar del mundo.

Posted by antonio at 12:23 PM | Comments (0)