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January 26, 2014

Yellow

Mi hermana pequeña acaba de curarse de un cáncer. Ya está. Ya lo ha hecho y ya lo he dicho.
La noticia, cuando llega, te paraliza intelectualmente, como cuando tocas sin querer la pantalla del iPad mientras ves una peli. Una pausa mental seguida de un empujón que te pone en movimiento hacia otro camino del que ya no sales hasta que el médico te anuncia que está curada.
Ella se ha curado y no hay nada más que hablar. Que cuente ella, si le apetece, el proceso, la incertidumbre, la tristeza, la rabia, el esfuerzo y la alegría. Que lo cuente si quiere, y si no tiene ganas, que no lo haga. Lo importante ya lo ha dicho sin abrir la boca demostrando estos cuatro últimos meses que es la mujer más fuerte que conocemos.
Yo quería escribir de otra cosa, de lo aprendido y de lo descubierto. De esa sensación impagable de no verte solo remando. Mis padres, mi otra hermana, ésos están ahí siempre, son parte de ti y cuentas con ellos como cuentas con que tus manos y tus brazos se moverán automáticamente sin tú pedírselo cuando tengas que parar un golpe. Son ese segundo círculo de protección, mis primas Sonia y Marian, mis hermanos Carlos y Óscar, mis segundos padres Charo y Miguel. La distancia ha sido menos difícil porque ellos estaban ahí reemplazando y mejorando todo lo que yo pueda hacer. Este grito va por ellos. El grito que pegué cuando una llamada de un miércoles a media mañana me dijo que ya está, que Rocío había ganado la guerra.
Soy creyente, y agradezco siempre que me acuerdo el que por ahora las complicaciones en mi vida me las he buscado yo solito y que el destino no me ha puesto las cosas nada difíciles hasta ahora. Sin embargo, no hay agradecimiento que justifique el sufrimiento de una hermana pequeña. Tuve que dejar la reunión en la que estaba a toda prisa y salir del edificio. No fue precisamente gracias lo que grité, sino cosas bastante menos sutiles que habrían comprometido seriamente mi carrera profesional si llego a soltarlas en esa sala de reuniones.
Y es que hay que insultar y cagarse en la puta más amenudo.
El cáncer no nos había enseñado a apreciar las cosas verdaderamente importantes de la vida, como dicen los cursis. El cáncer nos había enseñado a mi hermana y a mí que hay que luchar por cada detalle, que hay que ganar cada batalla por absurda y nimia que parezca. Lo hablamos al teléfono la noche que le dieron su primer diagnóstico positivo: la vida no consiste en intentar estar siempre en perfecto estado, sano, seguro y feliz. La vida consiste en esas cosas menos imporantes como ir al cine, escalar en el trabajo o emborracharte con desconocidos. Esas cosas que nunca salen en los índices de felicidad pero que serán las primeras que echemos de menos cuando ya no seamos tan fuertes e inteligentes como somos ahora.
Y es que hay que cagarse más en la puta, hay que insultar más al que se lo merece, criticar como si no tuviésemos nada que perder y ser muchísmo más chulos. Claro que muchas veces no tenemos razón, y claro que cuando pones la cara las probabilidades de que te la partan son mucho mayores que cuando te la cubres, pero es que no queda otra. Las cosas importantes quizás se consigan con prudencia, pero para las que valen la pena hay que jugarse los morros. Hay que dormir con todo tipo de mujeres y de hombres, hay que hablar sin levantar la mano, bajar la capota del coche aunque parezca que va a llover, comprar regalos caros a los amigos, llevar a las chicas a cenar donde den caviar y cabrear a tus padres de vez en cuando para disfrutar viendo cuánto siguen preocupándose por ti.
Salí a la calle, maldije, insulté, me cayó la primera lágrima en lustros y al darme la vuelta para volver a la reunión pensé mientras abría la puerta que el destino había intentado darnos en toda la boca y, tras esquivarle, la hostia se la habíamos dado nosotros.
Ven a por otra, cabrón.

Posted by antonio at January 26, 2014 11:25 AM

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