« May 2012 | Main | December 2012 »

June 09, 2012

Están solas

A esta hora de la tarde deben andar recorriendo tiendas por el centro de cualquier ciudad, sin haber comido, recién salidas de la peluquería tres horas más tarde de lo esperado y con la visa en las últimas. Envidiando lo fácil que es para ellos el ducharse, ponerse los tejanos de ayer, los calzoncillos de hoy y la camisa que aún esperan llevar mañana sin que sospechechen lo que a ellas les cuesta que esos dos primeros besos en las mejillas les recuerden a dónde pueden llegar si mueven bien sus piezas. Alguno a lo sumo se afeitará y una minoría tendrá la decencia de rasurarse alguna parte de su cuerpo que no sea la cara. Partes que ni bajo tortura ellas aceptarían mostrar sin el estado en que acaba de dejarla esa aprendiz de Pol Pot del salón de belleza.
Lo conocieron hace una semana en internet, o quizá se los presentó una amiga, o es ese compañero de clase o de reuniones que tras dos años de miradas y cafés en los que a ellas ya solo les ha faltado hacerle el pino-puente en el pasillo para llamar su atención, por fin se ha decidido a invitarlas a algo más que a un café en la máquina de la oficina. O quizás, las mejores, no están recorriendo perfumerías y tiendas de accesorio en tiempo récord por ponerse guapas para una cita, sino para el chico que aún no conocen y esta noche les dirá ojos negros tienes.
Saben que tienen la ventaja de la última palabra, pero también su maldición. El rol social asignado de examinadoras pasivas, del esperar que el chico elija el sitio, la hora y el qué, sabiendo que todo será para que ellas decidan el fin. Ellas, que tan mal llevan lo de aceptar órdenes, lo de dejarse hacer, lo de ceder la soberanía sobre su tiempo libre a cualquiera que no sea ellas mismas, tendrán que adoptar durante unas horas la postura de la buena chica y cederle a él la iniciativa, conteniéndose en el peor de los casos las ganas de mandar al patán a su casa a decirle melonadas a otra o, en el mejor, cuando el chico de verdad sabe qué hilos tocar, qué cosas decir y, sobretodo, qué cosas callarse, aguantarse para no saltarle a la boca en cuanto él las mira durante más de dos segundos seguidos a los ojos.
Están solas.
Cuando él las recoja y tartamudeando les diga que está preciosa aunque ellas sepan que ese granito en la barbilla les está arruinando el maquillaje, o cuando él no se lo diga y las horas de carreras y ante el espejo se queden en nada. Cuando él no acierte con el restaurante y les haga sentir incómodas eligiendo en un menú con platos a todas luces por encima del poder adquisitivo del aspirante.
Estarán terriblemente solas cuando él clave sus ojos en ellas más tiempo del necesario o, aún peor, los clave en esas modelos que pasan por su lado y no han encontrado mejor lugar donde pasar la noche que el sitio donde los chicos maleducados llevan a las princesas en su primera cita.
Estarán solas cuando se levanten para ir al lavabo y sientan, todos lo hacemos, la mirada en su culo pensando por qué dejaron el body pump tres meses antes de lo necesario. Cuando se levanten y les toque decidir a ellas si la noche sigue o se acaba, cuando empiecen a caer esas barreras que él cree derribar aunque son ellas las que la desmonta y tras un beso en cualquier semáforo se despierten oyéndole respirar a su lado sin recordar exactamente qué pasó entre ese beso y su primer grito.
Son las otras valientes, ésas que no apartan la cara, o al menos no tras el tercer intento, y ante un chico que les gusta y que se ha ganado a pulso su confianza, deciden que quizá todo lo que nos contaron era mentira y que las buenas reputaciones y la honra no se defienden por la noche ante el despliegue de armamento pesado de un tío comme il faut, sino en el desayuno mirando a la cara al que hace solo unas horas no dejó rincón de su cuerpo sin besar.
La calle mojada por los manguerazos del los barrenderos al cerrar los bares, la última carrera juntos hacia su casa, el vacilar en el portal cuyo fin él tan bien supo precipitar haciendo que su mano cruzase por primera vez la frontera de su cinturón, el nervisosismo de él en casa, el amanecer en las ventanas, la última piedra de la barrera, las prisas, su lengua, sus halagos, su sabor y sus gritos.
Están solas.
Cuando tengan que volver a casa por la mañana con los tacones de anoche, una cierta vergüenza por haberse saltado las reglas del decoro y una enorme duda sobre si él llamará por la tarde aunque de hecho no estén seguras de querer que él les llame.
La mayoría no sabe que son precisamente ellas, las valientes que aún hacen lo que les apetece aunque luego se lo callen por el maldito qué dirán, las que hacen que esos chicos, que también están solos, sigan jugándose la cara cada sábado noche para intentar ser besados. Esos golfos en busca de su golfa que hartos de lidiar con amores burocráticos se han pasado a los canallas y están dispuestos a quemar las naves y lo que haga falta por amanecer con sus recién depiladas piernas rodeando sus caderas.

Posted by antonio at 04:17 PM | Comments (0)