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January 13, 2012

La carta

Le respondió por carta. A sus silencios, a su súbito dejar de mandar mensajes, al apagón del facebook y la desaparición en skype. Cuando la red se apaga solo quedan los papeles, un bolígrafo y unos sellos. Con un estilo rápido, palabras dulces y trasfondo triste le explicaba lo que las redes sociales ya no podían contarle. ¿Qué ocurre cuando esas princesas de miércoles o esos príncipes de jueves que solo vimos tres o cuatro veces pero con los que pasamos horas, días, semanas discutiendo, jugando, soñando y flirteando en internet, dicen adiós muy buenas, se casan, se enferman o algo peor les pasa que evita que puedan volver a conectarse? ¿A dónde van a parar las amistades, los amantes o los amores con los que no hay más amistad común, más realidad compartida fuera del mundo virtual que unos cafés, unos anocheceres y unos orgasmos, cuando uno de los dos se desconecta?
Sólo quedan las cartas.
Las frases en letra redonda y grande escritas por las manos de la misma manera que suspiran los labios, que lloran los ojos, como sin querer pero sin evitarlo. Los párrafos que recuerdan un pasado lejano y saborean uno cercano sin pedir nada para mañana. Las páginas que se leen aún más lentamente de lo que se escribieron pero saltando las palabras y mirando de reojo unas líneas más abajo como si la mente protegiese de antemano lo que sabe que el corazón no será capaz de leer sin afligirse.
Ella le respondió por carta, y él la tuvo que leer tres veces para que su inteligencia dejase a su alma enterarse de todo lo que ella quería decirle. Recordarle esas noches de viernes en que estaba casi todo por escribir y la aventura esperaba a pocos metros, o a pocos whiskies de su portal, esos anocheceres fríos en que no había piernas suficientemente largas para hacerle ignorar los brazos que amanecían rodeando su cuello. En que no había lamentos pasados que pudiesen con placeres presentes, desnudos intuidos o caricias soñadas.
Le respondió por carta y le contó que extrañaba la sorpresa de los mercados, las siestas, el trabajo, los libros, las ventanas, los orgasmos, los mensajes.
Los mensajes. Ésas miradas virtuales que, como las reales, habíamos aprendido a interpretar y a leer en ellas lo que casi nadie ve... una coma, un final, un deseo, una desilusión. Mensajes que ella había sustituido por una carta y que él había leído tres veces pensando que quizás sí que valía la pena tener historias tristes por las que llorar, si hacían que una chica guapa e inteligente dejase por unos minutos sus estreses diarios a un lado para escribir a un ingeniero con pretensiones de escritor que le encantaría poder verle pronto.

Posted by antonio at January 13, 2012 10:56 PM

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