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November 18, 2011

El día que nos fuimos a la mierda

Nueve de la mañana, tren a Bruselas, me descargo los periódicos en el ipad y se me erizan los pelos de la nuca, no por los inmisericordes dos grados del amanecer Aixois sino por los titulares sobre la patria y sus finanzas. Hace unos quince minutos hablé con mis padres por teléfono para explicarles mis planes de pasar unos días en España la semana próxima, pero mientras subo al tren me pregunto si quedará una España a la que volver por entonces. Empieza a no parecerme una locura el que al pasar los Pirineos no me encuentre más que un solar.

Mientras me paseo, o más bien me arrastro, por los titulares me sigue sorprendiendo cómo la mayoría de mis paisanos (en esto por desgracia tampoco somos originales) sigue echando la culpa del carajal en el que nos hemos metido a los malvados mercados, los villanos de Wall Street y el neoliberalismo salvaje. La gente por lo general de política entendemos poco, de economía aún menos, pero nos agarramos como posesos a cualquier teoría que logre echar la culpa a los otros evitándonos así mirar a nuestros gobernantes ya que, al fin y al cabo, ellos están ahí porque nosotros los hemos puesto.

Los más borricos, no contentos con tachar de malvado a nuestro modelo económico, se lanzan directamente a por nuestro modelo político y en nombre de una brumosa democracia real se lanzan a atacar la democracia sin más. La estrategia (por llamarla de algún modo) es muy fácil: intentar echar la culpa al sistema de los errores que nosotros mismos hemos cometido. Nosotros entendido no como país, que también, sino como personas libres a las que nadie nos obligó a comprar casas que no podíamos permitirnos, meternos en créditos millonarios sin tan siquiera preguntarnos qué carajo es el interés compuesto o irnos de vacaciones a sitios de ensueño, porque ´nosotros también teníamos derecho´. El problema llegó cuando alguien dejó de aflojar la guita y vino el momento de pagar lo que debíamos.

Los bancos no son inocentes y yo mismo acostumbro a cagarme en sus muertos más frescos cada vez que tengo que interaccionar con cualquiera de las cinco entidades en las que guardo mi deuda (la situación financiera de Grecia es de un orden helvético comparada con la mía), y me parece obsceno que cualquier gobierno use el dinero de mis impuestos para salvarlos. Pero eso no me exime a mí de pagar lo que les debo. Y, honestamente, cuando veo a estos indignados de clase (alta) quejarse de la democracia, el liberalismo y los bancos, no puedo evitar pensar que lo que de verdad quieren es que alguien les cancele la hipoteca, y seguir viviendo como señoritos pero sin esa jodida mordida que cada mes les pega al presupuesto la dichosa mensualidad de su pisito de nuevo rico. Todo muy español.

Me sorprende (o no) que un país que nadaba en la abundancia no dudó en echarse a la calle a gritar contra el gobierno cuando se hundió un barco o una treintena de países decidió atacar a un dictador a miles de quilómetros de aquí, ha cambiado completamente el objeto de sus iras cuando lo que se a hundido son las finanzas de millones de familas, los jóvenes se han tenido que empezar a ir y el dictador atacado no estaba donde cristo dio las voces sino a un tiro de piedra de Almería. El malo de antes era Aznar, pero ahora son los mercados, lo horroroso era el PP y resulta que ahora lo es la democracia o, como les gusta decir, la democracia del capitalismo liberal.

En este protosolar que habitan mis paisanos lo que ha habido es un tío gastándose con sus cuates lo que no teníamos, hipotecando a los taranietos para poder salir por la tele diciendo que gracias a él esto era jauja y hasta el más tonto iba a hacer relojes. Un día los que nos daban dinero empezaron a escamarse y a pensárselo dos veces antes de seguir soltando viruta y se acabó la fiesta. En un primer momento, los españoles en vez de echarlo a gorrazos nos dedicamos a echar la culpa a los especuladores, que deben ser unos tipos malísimos pero que resulta son los mismos que nos habían dejado el dinero antes. Luego fue la crisis internacional, luego unos tal hermanos Leman, y al final el dichoso capitalismo neoliberal. De que quizá se nos fue la mano y que mantuvimos en el poder a un manirroto no decimos nada. Y ahora, cuando por fin parece que nos espabilamos resulta que va a ser tarde porque nuestros socios de esa Europa a cuyo corazón íbamos a volver y que poco nos ha faltado para cargárnola a taquicardias, nos han dicho que hasta aquí. Que ni neoliberalismo ni leches, que lo que somos es unos torpes de mucho cuidado, y encima lloricas.

Junto con internet, los condones y el jamón serrano, el capitalismo liberal el mejor invento de la Humanidad. En contra de lo que dicen estos voceros indignaos, el liberalismo (no sé por qué leches le llaman neo, quizás porque vienen de descubrirlo) no se basa en que cada cual haga lo que le salga del pito intentando enriquecerse sin importarle joder al de al lado. Si bien es verdad que la ambición es una de las bases de este modelo (en palabras de Adam Smith: no es la bondad del carnicero lo que me permite comer carne sino sus ganas de ganar dinero) es absolutamente falso que sea la única. El liberalismo se basa en la existencia de unas leyes y en la seguridad de su cumplimiento gracias a un estado fuerte, justo e imparcial. Si comparamos los modelos económicos con un partido de fútbol en el que el árbitro fuese Estado y los jugadores las empresas y los ciudadanos, los modelos socialistas se basarían en unos equipos que compiten siguiendo unas reglas mientras que el árbitro juzga y con frecuencia pega patadas al balón, interfiriendo todo lo que puede en el juego; el modelo comunista iría más allá haciendo que el árbitro no solo haga de árbitro y pegue patadas al balón sino que además haga de entrenador de los dos equipos a la vez, y de vez en cuando, por eso de la pureza del juego, pegue un tiro a los jugadores díscolos que no hacen caso de todo lo que se le ordena, por el mismo árbitro, desde la banda; los anarquistas molan más: éstos directamente juegan sin árbitro y por lo general con más equipos que jugadores hay en la cancha. En el modelo que defendemos los liberales, los jugadores juegan, el árbitro arbitra según las leyes votadas por los jugadores y ni en sueños se le ocurre tocar la pelota, intervenir en el juego o decir a los jugadores lo que tienen que hacer. Solo en contadas ocasiones, cuando un jugador se lesiona y claramente no puede seguir compitiendo, el árbitro le saca del juego y hace que alguien se haga cargo de él.

Esta claro que este último modelo requiere de jugadores sensatos que respeten la autoridad del árbitro pero no esperen nada de éste más que el cumplimiento de las reglas por parte del contrario y no, como veo que les gustaría a muchos de los que ayer se fueron a hacer pintadas al Congreso, que les diga como meter el gol más fácil e incluso si es posible lo meta él por ellos, mientras se fuman un pitillo en la banda esperando que la rubia de la bandera les invite al siguiente, que ésa es otra....

Posted by antonio at 04:12 PM | Comments (0)