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September 09, 2011

Barcelona

Yo soy yo y mis contradicciones.
Tras una semana rajando en facebook y ginebraconhelio sobre mi patria chica el trabajo me mete en un avión a Barcelona y me sumerjo de nuevo en la trampa de humedad que por más que vuelvo siempre me sorprende nada más abrirse el finger en El Prat. Estoy bañado en sudor antes de pasar el control de pasaportes y en la parada de la nueva terminal me pregunto si es que siempre me recoge el mismo cabrón o es que no hay un puto taxi en Barcelona al que le funcione el aire acondicionado.
Es un viaje relámpago y no tengo tiempo de ir hasta Mataró a dormir, así que reservo un hotel en Barcelona, normalmente intento que sea de cuatro o cinco estrellas (mis jefes me cuidan y yo tampoco soy gilipollas), por lo general son buenos y rara vez me han decepcionado, pero esta vez es diferente. Luego sigo.
Tras un par de horas con mi cómplice y su bebé quedo con mis padres y Estrella en el Fishop para por lo menos cenar juntos. He estado varias veces aquí, siempre de día, pero esta noche me logran volver a soprender. Cuando uno se acostumbra a la frialdad suiza o el estiramiento francés siempre agradece la sonrisa salerosa o el guiño cómplice de una camerera autóctona o un camarero sudaca. Los platos son ligeros, sabrosos e inteligentes. La carta está en catalán y me divierto al descubrir lo torpe que soy identificando pescados en mi segunda lengua madre. La cuenta es alta, pero la satisfacción lo es más y la ligera borrachera que te deja el albariño te alegra el adiós y la solitaria caminata hacia el hotel.
El hotel.
Mi trabajo me ha paseado por media Europa y el año pasado dormí tantas veces en mi cama como en camas de pago. Para ganarme la vida tengo que saber de ingeniería nuclear, pero para poder vivirla tengo que saber de hoteles. Cuando se duerme tanto fuera de casa o se eligen muy bien las amantes o se eligen muy bien los hoteles. Yo para amantes empiezo a no tener edad pero lo de esta escapada catalana ha sido especial.
Se llama Alma, casi no se ve aunque ocupa uno de los principales edificios que guardan la Pedrera. Te hace sentir en Barcelona, no pretende ser neoyorquino, ni imita el glamour parisino, ni tan siquiera intenta acercarse al cosmopolitismo de Londres. Es un hotel elegante, discreto, minimalista, con lo mejor de la sencillez catalana y el mestizaje español. El gintonic del lounge sabe a casa y las sábanas de la cama huelen como olían las de mi infancia. No tengo nada contra las masías o las casas rurales, sobre gustos colores y un hotel como el Alma resultaría absurdo en un pueblecito del interior. Sin embargo soy más de hotel pretencioso del centro que de casita acogedora del monte. Aún así, este hotel me ha hecho sentir como imagino hacen sentir a mi amigo Dani esos hotelitos perdidos en el monte que tan intensamente y con tanto cariño describe en su blog. Es lo mismo, solo que con sofás de la Bauhaus y botellines de agua a veinte euros.
La recepción es acogedora, el lobby inexistente, la puerta de mi habitación se abre apoyando el dedo sobre un lector de huellas digitales, las cortinas son de madera, la iluminación perfecta y la cama es de esas en las que lo único que detestas es despertar sin compañía. En la ducha, literalmente, llueve y hasta el patio interior (mis jefes me cuidan pero tampoco son gilipollas) parece más bonito desde la enorme vidriera que hace de pared.
Sonará snob, y ni siquiera soy original, pero acostándome anoche en la enorme cama de mi habitación de diseño, mientras oía de lejos el murmullo de los coches remontando el Paseo de Gracia, me volví a sentir como las miles de noches que me dormí oliendo las damas de noche de Rocafonda, haciéndome sentir de nuevo en casa y recordándome que no hay más patria que la infancia, ni más destino que la inteligencia.
Me dormí pensando que esto de ser catalán quizá sí valga la pena.

Posted by antonio at September 9, 2011 12:26 AM

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