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December 28, 2010

Lebedínoye óziero

El ballet es de mariquitas.
El futbol de machotes, los toros para fachas y el flamenco de charnegos.
Vayan por delante estos cuatro topicos para suavizar el que viene a continuacion.
Estoy en un gelido Paris donde acabo de ver el lago de los cisnes en la opera de la bastilla, estoy solo, algo borracho y convencido de haber pasado por uno de los momentos mas hermosos de mi vida.
Depositado el topico, me explico.
No soy experto en ballet, ni siquiera aficionado. A Paris me ha traido el no saber donde ir, la mania de no estarme quieto y un punto de esnobismo. La version es la de Noureev, soy tan ignorante en este arte que ni sabia que habia mas de una version de esta obra de Tchaikovski. Llego con media hora de adelanto. La sala ya esta llena, no es estreno pero casi, el edificio es feo pero el ambiente magnifico. Los hombres van elegantes, las mujeres guapas y a alguna espectadora se le adivinan maneras de bailarina y facciones eslavas. Me pongo de buen humor y me alegro de haberme puesto corbata. 
La primera escena sorprende, el primer acto entusiasma, el segundo estremece. Repito, no se una leche de ballet y aun asi en el descanso descubro que me tiembla el pulso mientras sostengo la copa de champagne (la tradicion es la tradicion). Cuando se reanuda el espectaculo me veo envuelto en pasos que ya me resultan familiares y en mitad del cuarto acto la chica sentada a mi lado mira de reojo como me llevo una mano a al ojo derecho. Yo, que no lloro ni bajo tortura.
Es hermoso.
Es la belleza de una treintena de hadas con forma de cisne, es la elegancia de dos hombres que se mueven como nunca antes he visto. Parece que la gravedad en el escenario no sea de 9.8 sino de 4.5. En una serie de movimientos que duran pocos segundos veo meses de mi vida luchando por una mujer, en un parpadeo se me antojan bofetadas que aun me duelen del pasado. 
Me llego a olvidar de que estoy mirando a personas. Es la geometria con acordes, matematicas a veces. En el bellisimo cuarto acto los movimientos de las princesas-cisne recuerdan a las escenas de moebius. 
Son dibujos animados pero sin final feliz. Son movimientos perfectos de cuerpos preciosos que te hacen olvidar durante tres horas a tanto capullo soez y tanta estrecha patosa con los que estas forzado a lidiar cada dia. 
Es un canto a lo universal y eterno que hay en nosotros. Lo que permite que un español del siglo xxi se este emocionando en Francia rodeado de gentes de todo el mundo con algo compuesto en el xix en la rusia de los zares. Sin que en las tres horas de obra haya una sola palabra. Como lei esta mañana en un articulo sobre un asunto que no tenia nada que ver: es el recuerdo que resta en nosotros de aquella noche en que una especie de gorila miro por primera vez hacia arriba y se sintio en hermandad con el hermoso cielo estrellado. Hoy me he visto mirando a ese cielo en los pasos de esas bailarinas.
Se lo recomiendo a todo el que lea este blog. No dejeis de verlo si podeis. Pocas cosas valen tanto la pena.
Y al final se ha acabado y como era de esperar ninguna de esas bailarinas me ha mirado a los ojos... O quiza si. 
Yo me he abrigado, me he metido en el metro y he decidido celebrarlo en un autentico bistro parisino al lado de le chatelet. Me he leido el programa y la historia de la obra mientras me hinchaba a foigras, queso y burdeos. Ell camarero, este si mariquita como Tchaikovski pero sin complejos, me ha invitado a un whisky y me ha halagado la corbata. A falta de que te piropee una bailarina rusa en la bastilla, bueno es un camarero saleroso en le chatelet. Algo es algo. Le he dado diez euros de propina, me he puesto el gorro y me he largado a mi pequeño hotel al lado de la sorbona donde se jactan de que Rimbaud, otro saleroso, se alojaba cuando pasaba por aqui.
Mañana me voy para Inglaterra, con los aeropuertos hechos unos zorros, puedo perfectamente acabar en Liverpool, Ginebra o Berlin. Ni lo se ni me preocupa. Solo se que al apagar la luz me acuerdo de esos cisnes y cierro los ojos enamorado como un idiota de Odette.

(Nota bene: en el ipad no hay acentos, o al menos yo no los veo)

Posted by antonio at 12:40 PM | Comments (0)

December 15, 2010

En un tren

La chica es joven y de una belleza serena. Sentada en un banco mira el mar mientras come lentamente un helado enorme. No hay nada más, solo ese banco verde de madera desconchada sobre una pequeña colina, el mar y ella. El día es claro y no hace calor, tampoco frío. No sopla el viento aunque las olas rompen con fuerza a pocos metros de los zapatitos rojos de alto tacón grueso de la joven, se diría que el tiempo se ha parado. No piensa en nada, solo mira el horizonte y ese mar que parece que lo borra todo.
Sola, sin voces, sin miedos, sin problemas, sin chicos, sin trabajo. Tranquila al fin. Lejos de cualquier idea negativa, de cualquier esperanza, de cualquier desilusión. Solo ella, el mar y su helado. Libre del mundo, de sí misma y de mí.

Cuando desperté no estaba a mi lado. Solíamos dormir tan juntos que parecía imposible que se hubiese podido escurrir de entre mis brazos sin despertarme. La luna solo iluminaba mi figura en la cama, me levanté y salí al salón. Estaba frente a la amplia ventana, miraba las azoteas y, aunque la noche era cálida, temblaba. Ni siquiera se giró cuando la abracé por detrás. Vestida solo con unas braguitas, noté su piel cálida estremecerse al contacto de la mía.

No era la primera vez que le pasaba, pero esa noche mi susurro y mi dulzura no iban a devolverla a la cama tan fácilmente. Lloraba sin derramar lágrimas y mi presencia la hacía temblar aún con más fuerza. Era como si mis brazos le doliesen. Como si mis labios le quemaran.

¿Cómo se cura a alguien con besos si tu propia saliva es parte de su enfermedad? Cuando tu amor es su desgracia. Cuando ni la inteligencia, ni el cariño ni la devoción pueden romper la barrera entre dos mundos.

No podía más y sin lograr romper mi abrazo me gritó las palabras más tristes que he oído en mi vida: quiero que todo desaparezca, quiero dejar de pensar, quiero estar sola, sentada en un banco frente al mar mientras me como un helado.

Lo más devastador de la imagen es el helado. El mar, el viejo banco, los zapatitos rojos e incluso la tranquila belleza de la mujer son figuras atemporales, podrían quedarse ahí para siempre. Pero el helado se acabará, se consume con cada mordisco suyo. O quizá su sola presencia me derrumba por lo infantil que hay en él. Por cómo simboliza a la niña pequeña que habita aún en esa joven a la que todos los sueños de la infancia se le han hundido en ese mar y ya ni siquiera mi amor será capaz de devolvérselos. Ese helado es el escudo que la salva del resto del mundo, que la separa de todo lo que no soporta, de todo lo que la entristece. Y de mí.

Ya nada volvió a ser lo mismo. Hicimos el amor sin atreverme a mirarla a los ojos. El recuerdo de aquel mar, aquel banco y sobretodo aquel helado oscurecía cada momento alegre con ella. Nunca más volví a despertar echándola de menos y un día dejé de dormirme a su lado.

Nos conocimos un miércoles en un café que podría estar en cualquier ciudad del mundo, tres días más tarde la vi desnuda y dos años después me dijo adiós. Hace unas semanas descubrí que nunca había estado enamorada de mí. Y aunque hace tiempo que dejé de estarlo yo de ella, aún hay momentos en que la imagen de esa playa me desgarra. Y deseo que al acabarse el helado la chica se levante, sonría y nunca más vuelva a ver esas olas.

(Escrito en un tren con Antony and the Johnsons en el iPod en algún lugar entre Lyon y Avignon)

Posted by antonio at 08:27 PM | Comments (0)