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December 15, 2010

En un tren

La chica es joven y de una belleza serena. Sentada en un banco mira el mar mientras come lentamente un helado enorme. No hay nada más, solo ese banco verde de madera desconchada sobre una pequeña colina, el mar y ella. El día es claro y no hace calor, tampoco frío. No sopla el viento aunque las olas rompen con fuerza a pocos metros de los zapatitos rojos de alto tacón grueso de la joven, se diría que el tiempo se ha parado. No piensa en nada, solo mira el horizonte y ese mar que parece que lo borra todo.
Sola, sin voces, sin miedos, sin problemas, sin chicos, sin trabajo. Tranquila al fin. Lejos de cualquier idea negativa, de cualquier esperanza, de cualquier desilusión. Solo ella, el mar y su helado. Libre del mundo, de sí misma y de mí.

Cuando desperté no estaba a mi lado. Solíamos dormir tan juntos que parecía imposible que se hubiese podido escurrir de entre mis brazos sin despertarme. La luna solo iluminaba mi figura en la cama, me levanté y salí al salón. Estaba frente a la amplia ventana, miraba las azoteas y, aunque la noche era cálida, temblaba. Ni siquiera se giró cuando la abracé por detrás. Vestida solo con unas braguitas, noté su piel cálida estremecerse al contacto de la mía.

No era la primera vez que le pasaba, pero esa noche mi susurro y mi dulzura no iban a devolverla a la cama tan fácilmente. Lloraba sin derramar lágrimas y mi presencia la hacía temblar aún con más fuerza. Era como si mis brazos le doliesen. Como si mis labios le quemaran.

¿Cómo se cura a alguien con besos si tu propia saliva es parte de su enfermedad? Cuando tu amor es su desgracia. Cuando ni la inteligencia, ni el cariño ni la devoción pueden romper la barrera entre dos mundos.

No podía más y sin lograr romper mi abrazo me gritó las palabras más tristes que he oído en mi vida: quiero que todo desaparezca, quiero dejar de pensar, quiero estar sola, sentada en un banco frente al mar mientras me como un helado.

Lo más devastador de la imagen es el helado. El mar, el viejo banco, los zapatitos rojos e incluso la tranquila belleza de la mujer son figuras atemporales, podrían quedarse ahí para siempre. Pero el helado se acabará, se consume con cada mordisco suyo. O quizá su sola presencia me derrumba por lo infantil que hay en él. Por cómo simboliza a la niña pequeña que habita aún en esa joven a la que todos los sueños de la infancia se le han hundido en ese mar y ya ni siquiera mi amor será capaz de devolvérselos. Ese helado es el escudo que la salva del resto del mundo, que la separa de todo lo que no soporta, de todo lo que la entristece. Y de mí.

Ya nada volvió a ser lo mismo. Hicimos el amor sin atreverme a mirarla a los ojos. El recuerdo de aquel mar, aquel banco y sobretodo aquel helado oscurecía cada momento alegre con ella. Nunca más volví a despertar echándola de menos y un día dejé de dormirme a su lado.

Nos conocimos un miércoles en un café que podría estar en cualquier ciudad del mundo, tres días más tarde la vi desnuda y dos años después me dijo adiós. Hace unas semanas descubrí que nunca había estado enamorada de mí. Y aunque hace tiempo que dejé de estarlo yo de ella, aún hay momentos en que la imagen de esa playa me desgarra. Y deseo que al acabarse el helado la chica se levante, sonría y nunca más vuelva a ver esas olas.

(Escrito en un tren con Antony and the Johnsons en el iPod en algún lugar entre Lyon y Avignon)

Posted by antonio at December 15, 2010 08:27 PM

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