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September 07, 2010

Espalia

Piso Roma por octava vez en lo que va de año y Nápoles por segunda vez en mi vida. Esta vez solo. Estaré aquí menos de 24 horas pero me pilla con el ánimo poético. Así que tras el caos del aeropuerto, las peleas con un taxista asesino, simpático y ladrón que me cobra 70 euros por una carrera de 20 minutos, decido relajarme paseando por el puerto y el barrio antiguo.
En Italia no me siento extranjero. De las pocas lenguas foráneas que chapurreo el italiano es la que peor hablo pero la que mejor entiendo. No sé si es el parecido físico, la picaresca común, esa superioridad en el descaro o inferioridad en lo transcendente, la historia compartida, la golfería natural o sencillamente el hecho de que cuento entre mis amigos íntimos más italianos que españoles, hacen que cuando hablo de esta tierra no sea distinto a cuando lo hago de Madrid o de Sevilla.
Paseando por la ciudad me doy de bruces con Carlos III, con Fernando de Aragón, con una placa que habla de Lope y con varios indígenas que se insultan en un dialecto del que solo entiendo los tacos, de tanto que se parecen a los nuestros. Me regocijo cuando dos turistas con pinta de francesas me paran preguntándome si soy napolitano y unas alemanas me piden que les haga una foto creyendo que tratan con un italiano vero. Yo desde luego, sigo el rollo y dios me libre de desmentirlas. Dormiré solo, pero dormiré contento.
Mentiría si dijese que los tópicos no me rondan continuamente por la cabeza. Nápoles es la ciudad de la mafia, de los emigrantes buscavidas a las américas, de los mil pícaros que te la van a meter en cuanto puedan. Es así, y aunque te lo propongas, no bajas la guardia. Sin embargo, tras un rato paseando y un par de horas haciendo lo que más me gusta hacer en cualquier ciudad: coger algo para leer y sentarme en un bar o terraza del centro a ver pasar la vida con cualquier cosa que tenga alcohol, este enorme pueblo te acaba integrando.
Soy catalán de nacimiento, andaluz y extremeño de origen, por mis apellidos debe correr sangre vasca y castellana y mis rasgos delatan que algún moro debió de cruzarse por mi árbol geneológico... con este sucio pedigrí es difícil sentirse extranjero en cualquier ciudad mediterránea. Para alguien enamorado de Ginebra resulta chocante el sentirse agusto en una ciudad sucia, desordenada e incómoda como ésta, pero cada uno es cada cual junto con sus contradicciones. Y yo de ésas tengo a montones.
Italia y España no deberían ser países distintos. Los europeístas creemos que la UE debería ser un país común que acabase de una vez con las diferencias entren los estados-nación que han estado dando por saco los últimos cinco siglos. Lo defendemos y trabajamos por ello, pero en el fondo, sinceramente, no nos lo creemos.
Un sueco, un holandés y un inglés acostumbran a ser gente maravillosa y simpatiquísima, pero poco tienen que ver con un italiano, un portugués o un español. Nos llevamos bien porque cuando nos llevamos mal pasa lo que pasa, pero nos parecemos lo que un coreano a un tejano.
Entre latinos la cosa cambia.
Que España y Portugal sean países distintos es una tontería de la historia. Si nos preguntasen estoy convencido de que la mayoría apoyaríamos la unión. Como leí alguna vez, quizá España podría aportar el nombre y Portugal la capital. Ahorrándonos así la monserga de los de siempre con lo del centralismo y convirtiendo de paso a Madrid en la verdadera Nueva York del viejo continente, libre de políticos y demás parásitos.
Menos se habla de unir Italia con España. Nos separa solo un mar común, tenemos el mismo carácter, los mismos gobiernos inútiles y exactamente la misma actitud ante la historia. Por tener, incluso ambos tenemos a esos cuatro pelmazos que creyéndose más guapos y listos que el resto no paran de dar por saco con lo de la independencia de su rinconcito.
Alguna vez pienso que unir a los franceses a la fiesta podría ser buena idea, pero por más que siempre agradeceré a los gabachos el haberme acogido como a uno más cuando era un crío imberbe y, sobretodo, haberme mostrado el camino a mi Ginebra, París sigue estando demasiado al norte, y a mis primos les falta salero y les sobra hedonismo. Por ahora, mejor que sigan siendo amigos pero no hermanos.
Los italianos por fin podrían competir en eurovisión y los españoles podríamos ir por ahí diciendo lo de ciao bella sin complejos. Todo son ventajas. Ya lo estuvimos varias veces antes, desde los romanos hasta los Austrias, por qué no hacerlo ahora por las buenas?
Unámonos, riámonos de los encorsetados del norte, y demostremos a nuestros pelmazos indígenas que más vale juntos que esparcidos. Empecemos a eliminar según qué fronteras absurdas. Y luego que se separe quien quiera.

Que me encanta Nápoles.

Posted by antonio at 12:46 AM | Comments (0)