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January 31, 2010

Frío

Se acaba enero y vuelvo a Ginebra. Salgo del cine y el frío húmedo, el olor a aire limpio y una luna enorme sobre el lago me recuerdan donde estoy. Voy solo. Casi no me quedan amigos aquí. Alguno hay, buenos y leales, pero pocos. No me importa. Llegué el viernes cerca de medianoche. Mi tren se retrasó y mientras hacía el check-in en mi hotel de siempre recuerdo que hace solo unas semanas fui feliz en la 508. Luis, que llegó de Inglaterra hace ya cuatro horas, se me une cuando aún estoy recordando la 508. Como siempre, casi no dice ni hola y antes de que rompamos el abrazo ya me pregunta dónde es la primera parada. El resto como siempre, bares, discos, whiskeys e historias. Las excusas de siempre para no dormir solo. Cuando me dirijo al hotel a las cinco pienso que no extraño a mis amigos, ni la noches ginebrinas, tampoco las noches golfas ni el lago, ni tan siquiera a Natasha, sencillamente me extraño a mí mismo.
Dos noches y muchas miradas después salgo del cine pensando en que quizá sí que valió la pena. Irme para recordar.
La película es Up in the Air. La genial historia de un hombre solitario (que no solo) con carrera, dinero, mujeres y humor, que un día decide abrir la puerta a una chica, se enamora a su pesar hasta las trancas y, lógico, la chica le parte el corazón. No sé qué astros se alinearían esta noche fría, pero ni hecho a posta.
Salgo del cine de la única manera que puedo salir. Y cuando estoy cruzando el puente, temblando y pensando (uno es como es) que en cualquier sitio de esta ciudad ella debe estar cenando y riendo con otro, no me invade la tristeza (uno es como es pero va aprendiendo) sino un cierto cansancio y el dulce convencimiento de que quizá estas cosas valgan la pena. Que quizá todo esto sirva para recordarme que no importa cuantas noches pase solo, cuantos ángeles abran los ojos a mi lado por la mañana o cuantas veces me la vuelva a dar, por chulo, por inconsciente y por gilipollas. Que seguramente alguna vuelva a decirme muy pronto ojos negros tienes y, esta vez sí, yo piense "anda caramba!", me decida de una puta vez a ser menos listo y más valiente, agachar la cabeza y entrar a trapo.
Quemando las naves, sin escudo y con dos cojones.

Posted by antonio at 10:15 PM | Comments (0)

January 02, 2010

2010: viejos amigos, viejas ciudades

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Mi amigo Luis disfrutará como un gorrino bombardeándome el messenger tildándome de cursi. Lo sé, pero es que dos días en Ginebra tienen siempre este efecto en mí.
Me iba a ir a Rusia a pasar frío en Leningrado y no precisamente con la intención de visitar el Bolshoi. París, el frío en la Provenza y, por qué no decirlo, cierto cangueli prevacacional me hicieron cambiar los planes, cancelar billetes, habitaciones y citas más o menos prometedoras para irme a Ginebra e intentar pasar la nochevieja lo más cerca posible de esa Rue de Fribourg a la que tanto y tanta debo.
Me fui en 2005 a Nueva York con Raquel, era el bautizo de un 2006 en el que, por fin, dejaría Ginebra para sentar cabeza de una vez y empezar a vivir en pareja. Suena duro, sobretodo si se lee más abajo, pero lo cierto es que fue fácil, divertido y genial. Duró ocho meses, los necesarios para que el trabajo acabase conmigo de vuelta a Ginebra, Raquel en Madrid y una relación que volvía a depender de los aeropuertos.
El 2007 lo recibí en Barcelona en medio de pequeñas discusiones que acabarían siendo premonitorias de un año que acabaría con siete años de sueños en pareja. En 2008 mi nuevo estado civil me llevó a una noche con el de siempre por una Ginebra que, ya es casualidad, acogía el encuentro mundial de Taizé, jóvenes y jóvenas cristianos con demasiado alcohol encima para un pueblo que acoge a golfos con tan pocos prejuicios encima. Cenamos con Esther y Boris, los dejamos viendo la gala de nochevieja en la tele, bebimos y reímos en todos nuestros bares y ardió Troya. Fue una gran nochevieja, y un gran año.
Al día siguiente yo y mi resaca nos fuimos a Budapest, hay fotos en Facebook y posts en este blog que cuentan esos cuatro días solitarios, extraños e imborrables ya.
La nochevieja de 2009 me pilló aún con la resaca del viaje a Sierra Leona y la malísima idea de cruzar los Alpes en diciembre sobre una moto y sin mono de lluvia. Acabé perdido con Esther, siempre Esther, Boris y cuatro más en una estación de esquí italiana. Me metía en la cama a las 2 de la mañana, tras una hora bebiendo grappa con mi cómplice en el bar del hotel, hablando de nosotros y de una rumana que por entonces no me dejaba respirar tranquilo. Estaba sobrio, descansado e insomne, pero feliz. Como siempre que bebo o hago cualquier cosa con Esther. 2009 fue el año de Mónica (dos años para conseguirla y dos meses para perdernos) y de Natasha, hay demasiado sobre ella en este blog como para extenderme aún más. Todavía la extraño.
Separarme de Ginebra y separarme de Natasha no son eventos independientes. Se parecen tanto que asusta. He aprendido en estas últimas semanas que se puede echar de menos una ciudad (un hogar) como se echa de menos una mujer. Que las calles, las plazas el olor se pueden extrañar como se extrañan unas piernas, unas miradas o una fragancia. Quizá no haya tanta diferencia entre el amor y el sentimiento de pertenecer a un lugar. O quizá es que sencillamente el corazón no acepta fácilmente las decisiones que la razón toma. Alguien que alguna vez haya amado a una mujer y a una ciudad debería escribir sobre ello. Yo no soy lo suficientemente bueno.
No sé cómo será 2010. El inicio fue genial, con Ginebra, cena con hombres de esmoquin y mujeres de negro, y Lea cuidándome hasta que el sueño nos pudo. Incluso me gané dos hostias por meterme, meternos ya que Lea gritaba más que yo, entre un abusón y su chica que por lo visto acababa de llevarse una galleta por no estar dispuesta a hacer en la calle lo que el capullo de su amigo había intuído en la discoteca. Pero bueno, son hostias de las que duelen en el cuerpo pero alivian el ego (la mía digo no la que se llevó la chica, soy de los que cree que la castración química es un gasto innecesario para la sociedad existiendo patíbulos). La culpa en verdad la tuvo Pérez-Reverte, el día antes había leído algo suyo donde explicaba que en ciertas situaciones y cuando hay mujeres indefensas y borrachos abusones de por medio uno o se porta como un tío decente o como un mierdecilla. Y a las 7 de la mañana, crecido por el whisky y una amiga mirando, a mí mierdecilla no me llama ni el Reverte. Pero bueno, se fue el cabrón con su amigo, la chiquilla con la poli y la cosa no fue a más. Por lo visto mis gritos imponen más que mis puños, bueno saberlo.
Lo que digo, con resaca y magulladuras incluidas, no es mal inicio para un año en que quizá otras mujeres y otras ciudades desplacen a esas dos de arriba, o quizá no. Una de las cosas que uno aprende con 33 años tras pasarse 11 de arriba a abajo es que el trabajo, las ciudades, las relaciones pueden cambiar en lo que dura un parpadeo. Empecé 2009 pensando en pasar cuatro años más en Ginebra luchando porque fuese al lado de una morena rumana y lo acabé planeando cinco en Marsella echando de menos a una rubia de Briansk. Ya ni siquiera me atrevo a vaticinar donde estaré en primavera. Y aunque a veces cueste, me vaya a la cama sobrio menos noches de lo que convendría y despierte solitario más mañanas de las que me gustaría, tampoco creo que me pueda quejar.
No me aburro nunca, me cuida mi familia, mis amigos aún se ríen cuando cenamos juntos, Lea está ahí cuando hay que emborracharse y pegarse, Esther sigue riñéndome y queriéndome y Luis no se cansa de sacarme de noche a intentar ser besados, y llamarme cursi.
Que 2010 sea un año feliz.
O si más no, al menos divertido.

Posted by antonio at 05:40 PM | Comments (0)