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December 11, 2008

Sierra Leona

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No sé por dónde empezar. Hace dos días que aterricé en Ginebra y empieza a parecer un sueño o una pesadilla de la que me acabo de despertar y poco a poco se me irá olvidando. Por eso escribo. Porque sé que fue muy real.
No es un viaje a otro continente, es un viaje a otro tiempo. La Edad Media tuvo que ser algo muy parecido a Freetown. No sé escribir lo suficientemente bien para describir lo que vi (ahí están mis fotos en facebook para el que quiera verlas) pero puedo intentar contar lo que sentí.
El miedo. No a que me pasase algo, Lea me protegió como a un niño, miedo a lo desconocido, a la oscuridad absoluta en las noches sin electricidad y sin luna, a la amenazante selva, a las noches de escandalosa tormenta tropical, a los inofensivos tiburones que te miran mientras buceas, al total y absoluto cambio de marco.
La sorpresa. Las imágenes que por más que esperas te sacuden violentamente, Lea y su cambio radical, tan alegre, atrevida y alocada en la segura Ginebra y tan seria, vigilante e incluso severa allí. Solo una vez cerrada la puerta de la habitación volvía a mostrar ese relax tan suyo y esa risa atolondrada y explosiva. La conocí con 21 años cuando, como en la canción, a mí no me quería una mujer y a ella se le moría una ciudad.Su melena de muñeca rota me ha traído a bailar hasta estas playas. Con los papeles cambiados ahora, ya no soy yo el que le aparta los golfos bailarines tras haberlos puesto a cien para que las niñas bien se pongan celosas y se acerquen a mí, ahora es ella la que me riñe cada diez minutos por meter la pata en un país que solo te permite un error.
Yo mismo, descubriendo una faceta de mí que desconocía, que no esperaba y que me gusta.
La alegría. No en los otros sino en nosotros.
El aturdimiento. Los contrastes son continuos y despiadados. No puedo lavarme la cara ni ducharme con agua caliente pero me despierto en camas a una decena de metros de un océano insultantemente azul y caliente donde me zambullo con los ojos aún cerrados. Tengo que superar todos mis ascos comiendo lo que nos ofrecen en los poblados mientras ceno langosta comprada en las mismas canoas cada noche al lado de una hoguera en la playa y bajo un cielo con constelaciones que ni imaginamos en estas latitudes. Duermo en camas incómodas, llenas de arena, con insectos enormes paseando por mis piernas bajo una inútil mosquitera pero despierto de la siesta viendo anocheceres vertiginosos en playas quilométricas sin más alma que la mía y la de la chica preciosa que se despierta a mi lado.
El cansancio, la melancolía y el orgullo cuando ya subido al avión de vuelta, me estiro en el asiento y miro hacia atrás, hacia la semana más formidable de mi vida. Con los ojos cerrados pienso en el viaje de más de 30 horas que tengo por delante, me voy relajando por fin y justo antes de quedarme dormido echo de menos la risa explosiva e irreverente de mi amiga.

Posted by antonio at 08:00 PM | Comments (0)