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July 01, 2008

Fútbol, Ginebra, Manifiestos e Imbéciles

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No me apasiona el fútbol. Me volvía loco hace años, pero ya no. Entiendo más bien poco y no sigo a ningún equipo desde que para ser culé se hizo obligatorio además ser nacionalista. Si viviese en España incluso esta Eurocopa me habría dado más o menos lo mismo. Pero vivo en Ginebra, y aquí tanto el europeo como el mundial se ven desde otro prisma. Dicen que somos un 70% de expatriados (inmigrantes con título, vamos) pero al ir por la calle ves que la cantidad de suizos de pro no debe superar el cinco por ciento. Esto hace que en semanas como las que acaban de pasar la ciudad se convierta en un bosque de banderas, incluso los que cuyo país no se ha clasificado cuelga la enseña del equipo que le cae más simpático. Se colocan dos pantallas gigantes (dos, señor Hereu) y cada tarde se monta la de dios en la plaza más grande del pueblo. Es imposible quedarse a parte y no emocionarse con tus compatriotas en cada partido. Este año, desde luego, aún más.
La final fue genial, los partidos contra rusia aún más (por lo de consolarlas, claro) pero nunca se me olvidará esa tanda de penalties contra Italia. El rostro de rabia y resignación de miles de los nuestros en esa plaza cuando acabó el partido y volvieron los malditos penalties.
Este humilde catalán vio ese partido con dos amigos madrileños y un vasco (qué indigestión si nos hubiese visto a los cuatro envueltos en banderas alguno de los restreñidos estatutarios de mi patria chica). Nos acompañaron dos bellezas una rumana y otra franco-suiza, que aunque hicieron lo posible por vestirse de rojo, insultar en perfecto español a los italianos y desgañitarse cada vez que nos acercábamos a puerta, no acababan de entender nuestro pesimismo y el de todos los españolitos que nos rodeaban. Éramos mejores, más fuertes, más divertidos y encima más guapos que los italianos, le acabábamos de meter cuatro a Rusia y aún así estábamos convencidos de que cascábamos. Les intentamos explicar que cuando se lucha contra la Historia se tienen las de perder, pero ni por esas. Ese día recibieron su primera clase de lo raro que hay que ser para ser de mi tierra. Aunque claro, vaya usted a explicarle a una chica que aún recuerda su infancia con Ceaucescu lo duro que es ser español...
Y bueno, el caso es que ganamos. Se veía a nuestro alrededor que la gente no sabía ni como celebrarlo. Suerte que nuestras dos princesitas llevaron la voz cantante en las celebraciones, si no aún seguiríamos ahí con cara de tontos y sin creérnoslo.
En los días que han seguido, ser español en Ginebra ha sido una gozada. La gente veía tu coche con la matrícula de Barcelona y te paraba para desearte suerte, para abrazarte, para decirte que estaban contigo (lo cual era algo raro algunas veces ya que uno no se pasa el día precisamente pensando en la eurocopa), y lo más curioso, todo, todo, te lo decían en español, mejor o peor, inteligible o no, pero español. Fui a una tienda de motos y el vendedor nada más le saludé (ole mi acento francés) me respondió con un "viva España", un médico se preocupó más por saber cómo se pronuncia Villa que por mis anginas, el jefe del proyecto científico más grande de la historia quería hacerse fotos con ese torete que se ha convertido ya en mascota del CERN (genial idea de mis dos madrileños de arriba), y tantos otros. No era orgullo de sentirse español, era orgullo de que la gente quisiese aprender de ti, saber decir algo más que "hola" y "una cerveza por favor".
Mientras, en Barcelona, un alcalde traidor no dejaba que miles de sus votantes disfrutasen como yo lo hacía en Suiza, un partido de nazis impone como principal meta de su legislatura que en los colegios de Cataluña no se den tres horas de castellano, dos vale, pero tres no, mientras me llaman a mí fascista por pedir la mitad en una lengua y la mitad en la otra, ¿qué me llamarían si pidiese sólo 2 horas en catalán y ni hablar de la tercera?, seguramente nazi.
Es contra ellos, contra el nazismo que se quiere imponer en parte de España por lo que hay que firmar ese manifiesto de Rosa Diez y Savater, donde sea, en El Mundo, en ABC, en la web de UPD, pero hay que firmarlo. Para que algún día un chaval en Barcelona se pueda sentir como yo me he sentido en Ginebra estos días. Orgulloso de una lengua y no avergonzado de ella. Feliz de tener dos lenguas y hablarlas indistintamente cuando me plazca sin que nadie me señale o me impida aprender en una de ellas.
Y mientras ese día llega, me consolaré pensando que al mismo tiempo que unos españolitos menos cañí que nunca bañaban su alegría en la fuente de la foto de arriba (gracias Lea, gracias Fred), otros seguían masturbándose con sus sueños totalitarios, estelados, independentistas y primitivos. Basando su felicidad en el odio hacia el de al lado, en buscar en la patria lo que no encuentran en el individuo.
Quizá algún día ganen (lo están haciendo), pero todo quedará en eso, en la estupidez del que se siente feliz en su hecho diferencial, su tribu aborregada y sus acampadas "per fer país" (que sí, que aún existen) y la alegría de los que nos sentimos libres, aunque nos quedemos solos...
porque siempre habrá alguien que tras el baño en la fuente quiera abrir los ojos a nuestro lado al día siguiente, haciendo que nos importen un carajo sus estatutos, sus segadors, sus normalizaciones y todas las gilipolleces por las que suspiran los memos que cuelgan de sus sedes banderas alemanas en las finales de la copa de Europa.

(Foto: Geneva Sessions by Fred Hamel)

Posted by antonio at 09:09 PM | Comments (0)