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April 12, 2005

La pena de no ser vasco.

Escribía el viernes pasado sobre las bondades de hacerme asturiano. Las chicas de Oviedo tienen fama de ser de las más guapas de la Península, me siento identificado con el himno, me encantan las ciudades en las que siempre llueve y los representantes de la nación asturiana en el Parlamento no son tan gilipollas como los de mi patria chica.
Pues bueno. Pues ya no quiero ser asturiano. Ahora quiero ser vasco.
Y ya sé que por ahí arriba las cosas están bastante más jodidas que en mi paisito, y que la libertad de la que goza un catalán es semejante a la de un neoyorquino si se le compara con un bilbaíno que no comulgue con el nazionalismo imperante, pero ¿qué quieren?, hay personas que le hacen desear a uno haber nacido en su misma tierra.
A una de estas personas la vi ayer en la televisión y me enamoré. Me enamoré de sus ideas, de su estética, de su manera de hablar, de su valor. Una mujer que en el peor de los infiernos tiene el valor para gritarle al demonio y a los cabrones de sus esbirros que no van a poder con ella y que hagan el favor de irse prontito a la mierda. Que ella quiere pasear por San Sebastián con sus hijos sin que ningún hijo de puta los traumatice de por vida viendo como a su madre le pegan un tiro en la nuca. Que aunque la mitad de la sociedad prentenda desterrarla por mala vasca ella sigue siendo de allí, y allí va a seguir, porque aunque sean menos, la gente que ella representa son mejores personas, ciudadanos libres no dispuestos a sacrificar ni un centímetro de su libertad aunque ello les cueste varios parsecs de su vida. Osea. Su muerte.
Me recuerda a mi madre.
Habla como hablaría mi madre si de sus palabras dependiera mi vida. Sin odio. Sin insultos. Teniendo muy claro que nada bueno va a lograr para sí pero que la felicidad y la vida de los que ella quiere merecen cualquier sacrificio.
Tiene delante a asesinos, a hipócritas, a vendidos, a traidores, a fascistas, a déspotas. A un montón de hijos de la gran puta dispuestos a asesinar a todo el que no comparta su tiránico sueño. Y, junto con los asesinos, a miles de retrasados preparados para ayudarlos o, lo que es aún peor, votarlos.
Y ella sigue en pie, con una sonrisa acogedora y una mirada tristísima, cansada. La tristeza de quien, sabiendo que tiene la razón y, sobretodo, la virtud de su parte, es consciente de que esa masa narcotizada, estúpida, vil, cobarde, va a volver a darle la espalda. Porque sus hijos no van a morir por sus ideas, ni van a ver morir a sus padres por defender mi libertad. Porque sus hijos viven muy bien a costa de la sangre de sus paisanos que se niegan a agachar la cabeza ante los tiranos. Que se niegan a que la dignidad se incline ante el miedo.
Y a mí me da pena no celebrar el domingo la victoria de los buenos.
Y a mí me da pena no ser vasco.
Pena de no poder hacer por una vez en mi vida algo valiente, digno, arriesgado por la libertad de mi pais. Levantarme el domingo muy temprano, acercarne a una mesa electoral y, mirando directamente a los ojos del cabronazo apoderado de ETA, introducir en la urna una papeleta con el nombre de María San Gil.

Posted by antonio at April 12, 2005 03:14 PM

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